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Una mirada y reflejo al adiós de Alexandra

  • Foto del escritor: Paulo Reynoso
    Paulo Reynoso
  • 23 oct 2020
  • 2 Min. de lectura

La travesía que comenzó en Guavate y terminó en la Florida.



Apenas contaba con cinco meses de edad y la pequeña can, llamada Coral Alexandra, llegó al hangar de AmeriJet, al costado de la Base Muñiz, donde su vuelo la esperaba, sin conocer el futuro que le deparaba se mostraba contenta, radiante, apegada a su familia temporera, quienes le habían brindado un hogar durante las pasadas tres semanas.


La llegada de la cachorra en automóvil, había sido una expedición para la misma, quien se mostraba en una explosión de exaltación y curiosidad luego de observar entre los espejos y olfatear con su húmeda nariz cada espacio entre los asientos.


Mientras tanto, para su familia temporera la escena era amarga, quien guiaba el auto dejó caer sus lágrimas, tanto así que quien acompañaba a Coral en la parte posterior le prometía a viva voz que algún día se volverían a ver. La protagonista de esta historia, fue encontrada por una organización de rescatistas titulada El Foster Club, merodeando los predios de la localidad de Guavate, una zona comúnmente conocida por el olor del lechón “asao” y sus famosas lechoneras, pero que comúnmente se observa una gran cantidad de animales sin hogar entre los diversos sectores que componen el barrio y sus comercios.


Su vuelo despegaba en horas de la tarde, así que convivió por última vez sobre las cuatro ruedas con aquellas personas que entre cariño, anhelo y el fervor del adiós, se despedían minuto tras minuto de ella. Había llegado la hora de colocarla junto a otros doce compañeros de viaje, entre ellos, se encontraba Roko, un viejo amigo de Coral, ya que fueron encontrados juntos al ser rescatados, mientras se acercaba al espacio donde se resguardaban los diversos perros, Coral se mostraba entusiasmada, resaltando de una forma risueña entre todos aquellas mascotas que se preguntaban en donde estaban y a donde irían. Aún poseía su mirada tenue y directa sobre quien la colocó en el caja transportadora, resguardándola y alistándola para el camino de un vuelo directo hacía la Florida.


Fue así como su familia temporera se despidió de la más radiante sensación y compañía entre semanas, Coral había logrado encariñar a los más jóvenes y los de mayor edad, se había ganado el apego de una familia de cinco. Pero su destino la llevaba a participar de la migración de mascotas y perros satos puertorriqueñas a los Estados Unidos. Tras esta travesía de Guavate a la Florida, la cachorra de cinco meses fue ejemplo de los más de 30 perros al mes que la organización se compromete a trasladar del país hacía diferentes centros de adopción en el territorio

de los Estados Unidos.

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